domingo, 23 de enero de 2011

El Estado, El Gobierno y La Constitución

El Estado es un Ente fundamentalmente jurídico, propietario social y económico de bienes tangibles e intangibles, compromisario con los estatutos en los que se sustenta formalmente su existencia tal.

Así, El Estado se constituye a partir de una trilogía separada de símbolos los cuales son, a su vez, insepararables: El Estado como persona jurídica privada, con derechos y deberes sobre litigar, poseer, conservar, transferir y contribuir con respecto a los bienes que desde el ámbito de su personería jurídica privada le reconocen las leyes nacionales.

Luego está El Estado constituído por todas sus instituciones, públicas y privadas, por todo su territorio, todos sus derechos soberanos e inalienables, con sus fuerzas económicas colectivas, sus fuerzas morales, sus fuerzas materiales, y su ejercicio colectivo de independencia internacional, sobre los cuales determina y manda con plenitud de fuero, más allá de los intereses particulares de terceros no concernidos o internos.

Por otro lado, El Estado, como administrado por sus tres poderes fundamentales, constituído por El Poder Legislativo, como Máxima Instancia del Orden Jurídico, El Poder Judicial, El Poder Ejecutivo, -poder de la administración de los bienes materiales y curador de los bienes jurídicos de El Estado-, a los que ahora se le suman dos instancias con carácter de independencia fundamental: el Tribunal Superior Electoral y el Tribunal Constitucional.

Sinembargo, El Estado es mucho, muchísimo más que un ente jurídico insertado en el orden mundial establecido entre naciones, El Estado abarca la vigilancia y conservación de una noción completa de sentimientos, tradiciones, arraigos culturales, históricos y necesidades biológicas y humanas tales que todo sentido de administración y legislación ha de considerar al actuar dentro de los marcos formales del El Estado.

En cuanto a las características biológicas y culturales de la sociedad humana, es de destacar su inclinación natural, registrada en sus genes, siepre por la selección lógica de mejores oportunidades, a seguir modelos de perfeccionamiento progresivo. Así es como surgen los liderazgos y paradigmas adoptados siguiendo las sutilezas imperceptibles de los mandatos evolutivos.

Cuando esos mandatos se desvían por algún instante, los modelos y paradigmas revocados no pierden su valor, en la experiencia registrada en la historia social quedan sus huellas como valores rechazables que permitirán a los nuevos cursos sociales, rechazar sus signos, permitiendo así los enderezos que a fuerza de dolores y traumas impone la naturaleza.

Más, aun, todas las especies vivas desarrollan mecanismos de selección para su sobrevivencia, cuando nuestros modelos sociales son seguidos y fallan las espectativas creadas en torno a los mismos, su rechazo final es inevitable y su valor se limita al de su excepción por negación.

Los valores consensuados en la constitución nacional, cuando son burlados por los modelos y paradigmas surgidos por desviaciones generadas en la información servida al núcleo de las células sociales, -el ser humano-, a su tiempo, serán enderezados.

Muchas veces, estos procesos se extienden por eras, otras veces, explosionan como erupción volcánica. Los peligros de la corrupción a los mandatos constitucionales previamente consensuados, aun si los mismos no obedecen de modo ideal a los mejores intereses de la sociedad constituida en Estado, su respeto inmediato se vuelve perentorio, para evitar sorpresas traumáticas precipitadas por la incertidumbre organizacional de los conductores de El Estado.

La Tergiversación de los mandatos constitucionales consensuados por los administradores de los poderes del Estado, hace apenas algunos meses, nos envía un mensaje de desorden institucional de pesado fardo en los niveles de incredulidad de la sociedad organizada.

Es un mensaje de reconocimiento a la virtud de la desobediencia a lo instituído, a lo constituído como mandato de la ley, a lo acordado de buena fé, a los principios del respeto a la mutualidad de lo contratado, al desconocimiento del pelo de los bigotes del hombre respetable, a la destrucción total de los modelos y paradigmas sociales que nos constituyen El Estado de nuestra nación y país.

Cualquier modelo de cambio que se propicie desde La Presidencia, está obligado moralmente a potenciar la confiabilidad en las palabras y actos de nuestros paradigmas.

Nuestro actual Presidente, El Dr. Leonel Fernández, es un icono de valor reconocido cuya destrucción bien puede causar muchísimo daño al concepto de palabra empeñada, de institucionalidad, de firma de acuerdos, de seriedad política, calidad moral, de sociedad en valores, de respeto a los compromisos, etc....

Es así que me valgo de este medio para sugerirle al Sr. Presidente, que auspicie cualquier candidatura, la que le resulte más merecida y viable, mas, que por respeto al símbolo que representa para nuestra sociedad, hoy, ya, más allá de una presidencia, desista de corromper una vez más el proceso moral constitucional auspiciando una atropellada convocatoria a su repostulación presidencial.